No se puede evitar. No se puede esconder. Está ahí, latiendo, siempre. Haciéndonos sentir, palpar la vida, olerla, disfrutarla y también haciéndonos sentir dolor.
Y eso es lo peor. El dolor. Cuando sentimos dolor nos da tanto miedo volver a vivirlo que cerramos todas las puertas. El dolor se alía con el miedo y con la razón que nos da muchos argumentos para creer que así estamos mejor, que somos más fuertes, más inteligentes, más astutos que los demás. Después del dolor cerramos la puerta y estamos protegidos de nuevos sufrimientos.
Evidentemente sentiremos menos dolor, tendremos menos situaciones arriesgadas, nos involucraremos menos con cosas que siempre pueden llevarnos a volver a sentirnos tontos, engañados, absurdos, dolidos. Seremos menos vulnerables ... o quizá somos tan vulnerables que no somos capaces de tener el corazón abierto.

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